Este cuerpo de obra se sitúa en un territorio donde la política, su carga ideológica, semiótica y visual, se vuelve difusa, se desdibuja y entra en conflicto con otros lenguajes visuales. No busca entregar certezas sobre el discurso político, más bien, tensionarlo, desplazándolo hacia un campo de juego poético y crítico donde el sentido genera límites difusos. 

Este ejercicio remite a la noción de sociedad del espectáculo formulada por Guy Debord, donde la acumulación de signos no produce conocimiento, sino una experiencia constante de distracción, reemplazo y desgaste. La operación que se propone está en aislar los discursos, mimetizado en el flujo cotidiano de imágenes para intentar abrir una reflexión propia no mediada por el espectáculo. Correr el velo para exponer su trastienda.

En este sentido estas piezas surgen desde una suerte de camuflaje otorgado por el uso de estrategias cercanas al diseño editorial, el afiche o de la gráfica publicitaria. Sin pretender ser propaganda aspiran al consumo público. La tipografía se convierte aquí en materia que actúa como medio compositivo para la transmisión del enunciado.

La reiteración obsesiva de términos como Apruebo y Rechazo, la saturación que vuelve ilegible el texto constitucional o la imposibilidad de enfocar con nitidez la palabra Democracia  buscan evidenciar el desgaste del lenguaje político contemporáneo. Más que recuperar su promesa, estas operaciones exponen su fragilidad, su tendencia al vaciamiento y su dependencia de dispositivos de repetición y espectacularización.

La alteración tipográfica de la palabra memoria sugiere una historia inestable, que se recompone constantemente sin lograr fijarse en una forma definitiva. La memoria aparece aquí como archivo intervenido, como material gráfico en permanente reorganización, en diálogo con la idea benjaminiana de la historia como constelación: un campo de restos, citas y ruinas activadas desde el presente.

El texto continuo y asfixiante de Reggaeton introduce otra dimensión del cuerpo político: un cuerpo atravesado por la cultura de masas, el ritmo, el consumo y la repetición. Sin pausas ni jerarquías, el lenguaje se transforma en flujo insistente, evocando tanto el goce como el agotamiento, y señalando una forma de violencia blanda ejercida desde la saturación y la aceleración.

Este conjunto de obras no ofrece soluciones ni relatos cerrados. Funciona, más bien, como un examen visual: un dispositivo que enfrenta al espectador con su propia relación con el lenguaje político, la memoria colectiva y la imagen mediada. Es un cuerpo de obra en permanente creación que asume asume la política como un campo de acción artística crítica inestable, siempre al borde de su propia ilegibilidad.